Entre indicadores y memorias: Independencia y las tensiones de una comuna en transformación

Columna de opinión publicada en Le Monde Diplomatique del académico de la Escuela de Medicina, Adrián Torres Canales y el escritor José Leandro Urbina Soto. 

La foto es de una calle de Santiago

El reciente informe del Índice de Calidad de Vida Urbana (ICVU) 2025 entrega un dato que, a primera vista, podría parecer alentador para la comuna de Independencia: entre 2015 y 2025 la comuna mejora su posición relativa dentro de la Región Metropolitana, pasando desde un nivel “medio bajo” a “medio alto” de calidad de vida urbana. Este informe proviene del trabajo conjunto de la Cámara Chilena de la Construcción y del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Católica

No se trata de un hecho menor, considerando que, en la encuesta de 2016 de la ICVU, Independencia aparecía como una de las peores comunas para vivir en Santiago. De las 93 comunas evaluadas a nivel nacional, ocupaba el lugar 84. Ahora, en un escenario nacional marcado por una fuerte estabilidad de las desigualdades urbanas —donde la mayoría de las comunas permanece estancada en su posición durante una década— Independencia aparece entre el reducido grupo de comunas metropolitanas que logran avanzar en el índice.

El informe atribuye esta mejora principalmente a factores como conectividad, condiciones laborales y variables socioculturales. Y, efectivamente, basta observar la evolución reciente de la comuna para comprender una parte importante de ese fenómeno. Independencia se habría transformado en uno de los territorios más dinámicos del Santiago pericentral: posee una ubicación estratégica, excelente conectividad metropolitana, acceso a servicios, cercanía al centro histórico, infraestructura hospitalaria, equipamientos urbanos, y creciente integración al sistema de movilidad de la ciudad.

Desde la lógica de los indicadores urbanos, todo ello representa progreso. Pero precisamente ahí comienza una discusión más compleja, porque durante el mismo período en que Independencia mejora en el informe ICVU, numerosos sectores de la comuna han experimentado profundas transformaciones urbanas asociadas a la densificación acelerada, la verticalización del entorno y la creciente presión inmobiliaria. En distintos barrios aparecen tensiones relacionadas con: pérdida de escalas barriales, saturación de servicios, deterioro de la experiencia cotidiana del espacio público, disminución de áreas de respiro urbano, aumento de tráfico y ruido, y debilitamiento progresivo de formas históricas de vida comunitaria.

Esta aparente contradicción no es casual. Responde a un fenómeno urbano cada vez más visible en ciudades latinoamericanas contemporáneas: los territorios pueden mejorar funcionalmente mientras aumentan simultáneamente las tensiones sobre el habitar cotidiano.

El caso de Independencia resulta especialmente ilustrativo porque expresa de manera muy clara las paradojas de la transformación metropolitana reciente.

Por una parte, la comuna gana centralidad urbana y mejora sus indicadores relativos. Por otra, comienzan a emerger nuevas formas de malestar urbano menos visibles para los sistemas tradicionales de medición.

El propio ICVU permite observar parcialmente esta tensión, especialmente en la dimensión de salud y medioambiente.

Formalmente, Independencia se mantiene estable en esta área durante la década. El índice considera variables como cobertura de salud primaria, control de enfermedades crónicas, emisiones contaminantes y acceso a servicios sanitarios. Desde esa perspectiva, la comuna presenta ventajas estructurales importantes gracias a su consolidación urbana y su histórica infraestructura hospitalaria.

Sin embargo, el problema es que las nuevas formas de deterioro ambiental no siempre quedan reflejadas en esos indicadores.

Hoy la salud urbana no depende únicamente de cobertura sanitaria o contaminación atmosférica general. También está relacionada con la experiencia cotidiana del entorno: ventilación urbana, sensación de hacinamiento, acceso efectivo a espacios públicos, calidad acústica, estrés territorial, percepción de seguridad, posibilidad de encuentro vecinal, y continuidad de redes comunitarias.

Y es precisamente allí donde muchas comunas densificadas comienzan a experimentar tensiones crecientes.

Independencia representa hoy una comuna en transición. Ya no corresponde completamente al antiguo imaginario periférico de vulnerabilidad urbana, pero tampoco alcanza los niveles de bienestar consolidados de las comunas de altos ingresos del sector oriente. Se ubica, más bien, en una zona intermedia donde convergen: valorización inmobiliaria, integración metropolitana, crecimiento urbano, y conflictos sobre calidad de vida y habitabilidad.

En ese contexto, el patrimonio y la memoria barrial comienzan a adquirir una importancia creciente. No únicamente como conservación arquitectónica, sino como mecanismos comunitarios de defensa frente a transformaciones percibidas como excesivamente rápidas o desarticuladas de la vida cotidiana de los barrios.

La discusión de fondo, entonces, no consiste en negar los avances urbanos de Independencia. La comuna efectivamente ha mejorado en diversas dimensiones objetivas. El desafío es otro: comprender que el desarrollo urbano no puede evaluarse exclusivamente mediante indicadores funcionales.

Un aspecto que también desafía las formas tradicionales de medición de la calidad de vida urbana es la percepción de seguridad. Durante los últimos años, Independencia ha enfrentado episodios de alta connotación pública asociados al narcotráfico, la violencia organizada y otras formas de criminalidad que han afectado diversos sectores de la comuna. Más allá de las estadísticas, estos fenómenos generan efectos directos sobre la vida cotidiana de las personas, condicionando el uso del espacio público, la convivencia vecinal y la sensación de bienestar en los barrios.

Aunque el ICVU incorpora variables relacionadas con seguridad en algunas de sus dimensiones, resulta difícil capturar plenamente el impacto que estos procesos tienen sobre las comunidades locales. La presencia de actividades ilícitas, el apreciable deterioro de ciertos espacios urbanos y la percepción de pérdida de control sobre el entorno pueden afectar profundamente la confianza entre vecinos y el sentido de pertenencia territorial. Como ocurre con el patrimonio o la identidad barrial, se trata de dimensiones que influyen decisivamente en la calidad de vida, aun cuando no siempre sean visibles en los indicadores tradicionales.

Por esto, una comuna puede ganar conectividad y perder arraigo. Puede mejorar infraestructura y debilitar vínculos comunitarios. Puede integrarse exitosamente a la lógica metropolitana mientras disminuye la experiencia cotidiana de bienestar barrial.

Quizás ahí radique uno de los principales desafíos urbanos de la próxima década: lograr que las ciudades y sus comunas no solo funcionen mejor, sino que también sigan siendo espacios adecuados, seguros, reconocibles y significativos para quienes las habitan diariamente.

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