Chile frente al proyecto “Vault”: El tren de los minerales críticos

Columna de opinión del doctor Marcelo Caverlotti, académico del Departamento de Ingeniería Geoespacial y Ambiental de la Facultad de Ingeniería.

En la fotografía se muestra una roca con tierras raras.

El comportamiento de la economía mundial está claramente entrando en una nueva etapa donde los recursos naturales vuelven a ocupar un lugar central en la geopolítica. La transición energética y tecnológica han generado que minerales como el cobre, el litio, el níquel o las tierras raras sean recursos estratégicos clave tanto para los mercados como para la seguridad económica y tecnológica.

Con este contexto, el llamado “Proyecto Vault”, es una iniciativa impulsada desde los Estados Unidos, el cual busca fortalecer la cooperación con países aliados que permita asegurar el suministro de minerales críticos, reduciendo la dependencia de China en el procesamiento y refinamiento de estos recursos. Entre las herramientas propuestas se destacan la inversión conjunta, los acuerdos de compra anticipada impulsando nuevas capacidades industriales que permitan reducir así la dependencia del procesamiento dominado por China. (Reuters; Financial Times; U.S. Department of Energy).

El trasfondo de esta estrategia es evidente, ya que actualmente China concentra entre el 80% y el 90% del procesamiento global de tierras raras, además de dominar gran parte del refinado de minerales clave para baterías y tecnologías energéticas (IEA, 2023; USGS, 2024). Igualmente, Estados Unidos y Europa están buscando diversificar proveedores y fortalecer alianzas con países que poseen recursos minerales relevantes, ya que asegurar la cadena de suministro es un asunto estratégico.

En América Latina, algunos países ya están intentando posicionarse en este nuevo escenario. Argentina, por ejemplo, ha manifestado su interés en convertirse en proveedor estratégico de cobre y litio para el mercado estadounidense, aprovechando su potencial geopolítico y su alineamiento político con Washington. La pregunta inevitable es entonces: ¿qué papel quiere jugar Chile en esta nueva arquitectura económica?

Como en otras columnas de opinión he indicado, Chile posee una posición privilegiada en el mercado global de minerales críticos, siendo el principal productor mundial de cobre, responsable de casi un cuarto de la producción global y actualmente uno de los actores más relevantes en el mercado del litio (USGS, 2024). La minería representa un 14% aproximado del PIB nacional y más del 50% de las exportaciones del país, generando por lo demás cerca de 250 mil empleos directos y más de 700 mil empleos indirectos que están asociados a la cadena productiva (Cochilco, 2024). Sin embargo, el país ha mantenido por décadas una inserción internacional basada principalmente en la exportación de materias primas con bajo nivel de transformación industrial.

En ese contexto, participar en un esquema de colaboración estratégica como el que plantea el proyecto Vault podría generar oportunidades importantes para Chile. No se trata simplemente de exportar más cobre o más litio, sino de asegurar demanda de largo plazo, atraer inversión industrial y generar mayor valor en las etapas de procesamiento y refinado, donde actualmente se concentran los mayores márgenes económicos de la cadena productiva. 

Diversos estudios internacionales (entre ellos informes de la International Energy Agency, el Banco Mundial y la IRENA) coinciden en que el verdadero cuello de botella de la transición energética no está en la disponibilidad geológica de los minerales, sino en las capacidades industriales para procesarlos. La Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que la demanda de minerales críticos para tecnologías energéticas podría multiplicarse entre cuatro y seis veces hacia el año 2040, dependiendo esto del ritmo de descarbonización global (IEA, 2023).

Chile tiene una oportunidad relevante en este contexto. Iniciativas recientes, como el acuerdo entre Codelco y empresas internacionales para impulsar proyectos de fundición y procesamiento, deberían fortalecer las capacidades industriales locales y reducir la dependencia de fundiciones extranjeras. Por lo tanto, un desarrollo de estas etapas permitiría tener mayor valor económico, generando empleos de mayor calificación. La diferencia de exportar concentrados y exportar productos procesados no es trivial, ya que cada etapa implicaría mayor demanda por ingeniería, metalurgia, servicios especializados, infraestructura logística y energía. Por el contrario, no participar en este tipo de iniciativas también tiene costos, aunque muchas veces no se perciban en lo inmediato. Cabe indicar que los minerales críticos están siendo considerados estratégicos por las grandes potencias y los acuerdos internacionales tienden a concentrar inversiones, financiamientos y contratos de suministros en los países que participan activamente de estas alianzas.

Si Chile opta por mantenerse al margen de este tipo de iniciativas, probablemente seguirá siendo uno de los principales productores de cobre del mundo. Por supuesto, participar en este tipo de iniciativas tampoco debe hacerse de manera automática. Chile debe aprovechar su posición para impulsar condiciones que pueden favorecer su desarrollo productivo: inversión en procesamiento local, transferencia tecnológica, fortalecimiento de proveedores nacionales, infraestructura y reglas regulatorias que permitan acelerar proyectos sin debilitar los estándares ambientales.

Por lo tanto, la discusión de fondo no es solo geopolítica, es profundamente económica. Se trata de definir si el país quiere seguir dependiendo del ciclo de los commodities o si está dispuesto a utilizar su ventaja geológica para impulsar una nueva etapa de desarrollo industrial.

El tren de los minerales críticos ya salió de la estación; algunos países ya están intentando subirse (Argentina, por ejemplo). La decisión que Chile debe tomar es clara: participar activamente en la construcción de las nuevas cadenas globales de valor o resignarse a observar cómo otros convierten sus recursos en industria, empleo e influencia económica.

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