El reciente aluvión que afectó a San Carlos de Apoquindo, en la comuna de Las Condes, constituye una (nueva) advertencia sobre los riesgos asociados a la expansión urbana de Santiago.
Por: Sergio Castro, Laboratorio de Ecología y Biodiversidad
El reciente aluvión que afectó a San Carlos de Apoquindo, en la comuna de Las Condes, constituye una (nueva) advertencia sobre los riesgos asociados a la expansión urbana de Santiago. Aunque las precipitaciones intensas desencadenaron el problema, sus consecuencias no pueden atribuirse exclusivamente a la naturaleza. Lo ocurrido también obliga a examinar cómo se ha construido la ciudad, qué espacios se han ocupado y hasta qué punto nuestra planificación territorial considera los procesos naturales que caracterizan a la cuenca de Santiago. Desde el punto de vista físico, el aluvión fue resultado de la inusual convergencia de varios factores:
En primer lugar, se registraron precipitaciones intensas y concentradas en un período muy breve. Parte de estas lluvias cayó sobre sectores cubiertos de nieve, favoreciendo su derretimiento e incrementando el volumen de agua y lodos que descendía por las laderas. A esto se sumó la particular configuración del relieve precordillerano, dado la existencia de varias quebradas que recogen y conducen las aguas hacia sectores más bajos. En este caso, la convergencia de los escurrimientos en Quebrada Honda contribuyó a concentrar grandes volúmenes de agua y sedimentos, que descendieron masivamente hacia las áreas urbanizadas.
Un cuarto factor que agravó esta situación fue el incendio forestal que afectó extensas superficies (unas mil hectáreas) de vegetación durante el verano pasado. Este punto es relevante pues la vegetación cumple funciones fundamentales en la regulación del ciclo hidrológico. Sus hojas y ramas interceptan parte de las precipitaciones, mientras que las raíces contribuyen a estabilizar el suelo y mantener condiciones que favorecen la infiltración. Cuando esta cobertura desaparece (como ocurrió por el incendio), aumenta la exposición del suelo a la erosión y puede incrementarse considerablemente la escorrentía superficial. No obstante lo anterior, los procesos descritos no son extraordinarios desde una perspectiva geomorfológica. Las quebradas existen precisamente porque constituyen vías naturales de evacuación de agua y sedimentos desde las montañas. Los aluviones, las crecidas repentinas y los movimientos de materiales forman parte de la dinámica natural de los ambientes montañosos. El problema surge cuando la expansión urbana desconoce esa dinámica y ocupa espacios que, por sus características, quedan expuestos y vulnerables a estos fenómenos. Aquí aparece una dimensión del problema que merece especial atención el que se relaciona con la construcción de viviendas e infraestructura en quebradas, zonas de escurrimiento natural y laderas de fuerte pendiente.
Durante décadas, Santiago ha experimentado una expansión progresiva hacia el piedemonte andino, incorporando al espacio urbano terrenos que presentan importantes restricciones naturales para su ocupación. La urbanización de estos sectores puede alterar los patrones de drenaje, modificar las pendientes, impermeabilizar superficies y reducir la cobertura vegetal.
De esta manera, el problema remite a la normativa que permite ocupar determinados territorios. Una edificación puede cumplir con las disposiciones urbanísticas vigentes y, aun así, encontrarse emplazada en un lugar inadecuado desde el punto de vista del riesgo natural.Por ello, el cumplimiento de la normativa no necesariamente garantiza la seguridad de quienes habitan estos espacios. También es necesario considerar si los instrumentos de planificación territorial y los criterios utilizados para autorizar nuevas construcciones incorporan adecuadamente los riesgos asociados a la geomorfología, la hidrología y las condiciones ecológicas del territorio.
Esta perspectiva del problema adquiere especial relevancia frente al cambio climático. Las proyecciones climáticas para Chile central advierten sobre transformaciones importantes en el régimen de precipitaciones, incluyendo la posibilidad de episodios de lluvia intensa concentrados en períodos breves. De esta manera, aunque las precipitaciones totales puedan disminuir, ello no significa que desaparezca el riesgo de inundaciones y aluviones. Por el contrario, lluvias episódicas de elevada intensidad, especialmente cuando coinciden con temperaturas altas, una isoterma cero elevada o laderas degradadas por incendios, pueden generar condiciones particularmente peligrosas.
En consecuencia, los criterios que históricamente han orientado la expansión urbana necesitan ser revisados.
¿Qué podemos hacer? Las soluciones requieren actuar en distintos niveles. En primer lugar, es indispensable revisar y fortalecer los instrumentos de planificación territorial, incorporando, por ejemplo, mapas actualizados de amenazas/riesgos de remoción en masa, inundaciones y flujos aluvionales. Estos antecedentes deben traducirse en restricciones efectivas a la urbanización de quebradas, cauces naturales y laderas de alta pendiente, particularmente cuando existen condiciones geomorfológicas que hacen incompatible su ocupación con la seguridad de las personas.
En segundo lugar, es necesario recuperar y proteger la cobertura vegetal de las cuencas precordilleranas. La restauración ecológica de las áreas afectadas por incendios, la protección de la vegetación nativa y la conservación de los suelos constituyen medidas fundamentales para reducir la erosión y moderar los procesos de escorrentía. Aunque la vegetación no puede impedir todos los aluviones, especialmente durante eventos extremos, su conservación contribuye a mantener la estabilidad de las laderas y el funcionamiento hidrológico de las cuencas.
En tercer lugar, deben fortalecerse las medidas de prevención y adaptación en los sectores que ya se encuentran urbanizados. Esto incluye evaluar la capacidad de las obras de drenaje, mantener despejados los cauces y sistemas de evacuación de aguas, implementar estructuras de contención donde corresponda y desarrollar sistemas de monitoreo y alerta temprana. Sin embargo, estas intervenciones deben entenderse como medidas complementarias y no como una justificación para continuar expandiendo la ciudad hacia áreas de riesgo.
inalmente, resulta necesario avanzar hacia una planificación territorial que considere las cuencas hidrográficas como unidades integradas. Los procesos que se originan en las partes altas de la montaña tienen consecuencias directas sobre los sectores urbanos situados aguas abajo. Por ello, las decisiones sobre urbanización, conservación de la vegetación, infraestructura y gestión del riesgo no pueden abordarse de manera aislada.
Sergio A. Castro
Laboratorio de Ecología y Biodiversidad
Facultad de Química y Biología
Universidad de Santiago de Chile